07_ANEPE_132_Balart

ensayos

Revista “Política y Estrategia” Nº 132, 2018, pp. 209-212

ISSN 0716-7415 (versión impresa) ISSN 0719-8027 (versión en línea)

Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos

En torno a Bolivia. Una mirada política y estratégica

Francisco Balart Páez

EN TORNO A BOLIVIA. UNA MIRADA POLÍTICA Y ESTRATÉGICA

FRANCISCO BALART PÁEZ*

En la verdad última,

pasado, presente y futuro se abarcan a la vez.

George Steiner

Probablemente sea cierto que la única ley de la historia es la del cambio. Los tiempos cambian, y nosotros con ellos, escribió Cicerón hace dos milenios. Dicho con mayor afán descriptivo y menor elegancia, la posibilidad de existencia de cualquier organismo vivo -desde el más elemental de los vegetales hasta el ser humano y sus agrupaciones de convivencia y credo colectivo-, estriba en un proceso de adaptación permanente al medio. El cambio es, pues, un fenómeno natural de la mayor importancia; lo que podría llevar a suponer que domeñarlo representa una tarea primordial de las élites. Sin embargo, los estadistas, los intelectuales y los empresarios -la tríada llamada a dinamizar la sociedad- transmiten hoy la impresión de estar desbordados, de estar llegando tarde, como si la simetría de las cosas bajo su eventual dominio estuviera fuera de control. Desde ahí se ha extendido ampliamente la sensación de haber perdido pie en el contacto con la realidad y por tanto nada es imposible. Hasta las causas más disparatadas encuentran fervorosos defensores. ¿Las causas de este fenómeno? Si a efectos de análisis hubiese que escoger solamente una, habría que apuntar a la velocidad trepidante alcanzada últimamente por el cambio. ¡Hasta la idea misma de actualidad ha perdido consistencia, siendo reemplazada por el afán de novedad inmediata, que es algo muy distinto! En efecto, la comprensión de la actualidad presupone cierta distancia y visión de conjunto, mientras la novedad responde a un estado de ánimo, de suyo efímero. Sí; fue un notable acierto del sociólogo Zygmunt Bauman haber caracterizado a nuestro tiempo como el de una modernidad líquida.

El abandono del rol de ejemplaridad de las élites, patente en tantos ambientes de la sociedad contemporánea -basta hojear el diario o dedicar un rato a la televisión para comprobarlo- exige buscar remedio a esa enfermedad del espíritu y reencauzar positivamente el cambio, desde la satisfacción de los caprichos de minorías ínfimas pero agresivas, hacia el bien común general. Pero el antídoto no puede consistir en levantar frente a las ideologías disolventes otra que congele un orden que en realidad nunca existió. No está el horno para ucronismos ni utopías. Por eso, en vez de seguir manoteando buscando un punto de asidero en la vacuidad de las consignas, tendría mayor provecho revalorizar el ser auténtico, para lo cual será útil afianzar el hábito de pensar basándose en la Historia. Puede sonar a paradoja, pero si de verdad y en serio se quiere comprender y abrazar plena y confiadamente el propio tiempo -en este caso, la época en que la tecnología miniaturizó al mundo-, pocas habilidades pueden ser más útiles que las derivadas de las lecciones del conocimiento histórico de los asuntos humanos. Nuevamente Cicerón: Si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, siempre serás un niño. Por cierto, el sentido de esa frase no va por las sendas de la vana erudición; lo que ocurre es que la historia es la política experimental, la economía experimental, la religión experimental, la diplomacia experimental, la estrategia experimental, etc. ¿Acaso no es cierto que así observado, el nexo entre las personas, las cosas, y las acciones adquieren un contorno y peso difícil de advertir a primera vista? Pues bien, al menos dos lecciones que se deducen de pensar con la historia son pertinentes para iluminar, en los días que corren, la situación con Bolivia. La primera es que los problemas de hoy suelen ser las soluciones de ayer. La otra es que los conflictos pueden reducirse esquemáticamente a un enfrentamiento entre la espada y el escudo, donde a fin de cuentas siempre venció la espada.

La reciente sentencia de la Corte Internacional de Justicia, el órgano jurisdiccional de las Naciones Unidas con sede en La Haya, dio un enérgico portazo a la pretensión altiplánica de arrastrar a Chile a una mesa de negociación encaminada a convenir la forma y manera en que, bajo el prestigio de un paraguas jurisdiccional de carácter mundial, se le otorgaría una salida soberana al océano Pacífico. Literalmente, acaba de morir, como el oleaje en la playa, un sueño largamente acariciado por el estamento dirigente del Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario de Bolivia, como define a su orden institucional la Carta Fundamental del país vecino. Un anhelo que al igual que tantos otros irredentismos tiene un fundamento mítico muy potente, aglutinante y que en las últimas décadas ha mostrado una enorme capacidad movilizadora de la opinión pública. Pero no siempre fue así. De hecho, no lo era en 1904: se trata de una aspiración que bastante después fue alimentada con perseverancia desde el sistema escolar e incluso plasmada en su actual Constitución1.

Para Bolivia, el resultado de la litis fue una derrota inapelable de la vía escogida para avanzar en su pretensión; pero no una catástrofe ni mucho menos. Chile, en cambio, logró una limpia victoria jurídica. Por ahora, venció el escudo; pero está en el mismo lugar de siempre, encastillado en una muralla de papeles. Chile volvió a demostrar que tiene la razón… pero solo tiene la razón y volverá a ser sitiado. Sería una invitación al autoengaño suponer que la situación creada por dicha sentencia es una suerte de punto final a una enojosa controversia. Más correcto es suponer que ha concluido un incidente, a la larga, inocuo; pero el objetivo político boliviano permanece intacto. Es irrenunciable y permanecerá latente… activándose nuevamente cada vez que ese país cuente con un liderazgo capaz de movilizarlo.

A propósito de esto último, algunas personas razonables han sostenido, aquí y allá, que la explicación de este episodio es inseparable de la personalidad del presidente Evo Morales Ayma. La demanda, se dice, habría sido una maniobra temeraria ideada por su entorno para asegurarle otro período presidencial -el actual vence el 22 de enero de 2020, enterando así 14 años de preeminencia política incontrarrestable-, objetivo que se habría malogrado por la decisión de la Corte Internacional que, ciertamente, le tomó de sorpresa. Desde este punto de vista, sería más práctico ignorarlo y ponerse a trabajar con su eventual sucesor.

Algo de verdad hay en todo aquello, pero el asunto es más complejo. Lo que la decisión de la Corte Internacional ha creado es un nuevo escenario político-estratégico; pero en él seguirá representándose la misma obra. Una obra que por ahora carece de libreto porque una discusión honrada y fecunda solo es posible cuando se efectúa sobre el mismo terreno. Como eso es, precisamente, lo que no existe, le compete a Chile aprovechar la ocasión y dar el primer paso destinado a reorganizar sólidamente el tablero, actuando con serenidad y audacia.

En suma, Bolivia logró arrinconar a su contrincante, obligándolo a cubrirse con el único escudo posible en esa circunstancia, a saber, una impecable defensa jurídica. La siguiente ofensiva para forzar una salida soberana al mar se planteará, entonces, en otro terreno. Por su desventaja militar, seguramente escogerá otra maniobra externa, quizá de índole diplomática-moral. Aferrándose a su papel de víctima, en este nuevo escenario podría operar a través de otros actores relevantes en el orden internacional que, por motivos que pueden ser comprensibles, han demostrado simpatías por la causa boliviana en detrimento de la posición de Chile. Cualquiera sea la maniobra que resuelva llevar adelante el Palacio Quemado -que es mucho más que el presidente Morales-, ella volverá a encuadrarse en la doctrina de la estrategia indirecta, brillantemente expuesta por el general André Beaufre, cuyas contramaniobras son o debieran ser conocidas. ¿Qué hacer para evitar otro episodio inconveniente para el interés nacional? Cambiar de actitud. Tal como están las cosas solo hay una fórmula y exige carácter: conquistar la iniciativa en el ámbito regional y vecinal siendo proactivos y adelantarse a los acontecimientos. Para ello, ¿será posible empeñarse en hacer coincidir el interés de Chile en desarrollar su zona Norte con los intereses comerciales de Brasil, Perú, Argentina y por qué no también con Bolivia?


1 En 190 años de vida independiente, Bolivia tuvo 19 Constituciones. De la última (2009) conviene tener a la vista el lírico primer párrafo de su Preámbulo, esto es, la idea matriz del documento: “En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores. Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes, y comprendimos desde entonces la pluralidad vigente en todas las cosas y nuestra diversidad como seres y culturas.” Como se ve, de un mar ancestral propio, nada de nada. Pero después, en el artículo 267, se lee: “I. El Estado boliviano declara su derecho irrenunciable e imprescriptible sobre el territorio que le dé acceso al océano Pacífico y su espacio marítimo. II. La solución efectiva al diferendo marítimo a través de medios pacíficos y el ejercicio pleno de la soberanía sobre dicho territorio constituyen objetivos permanentes e irrenunciables del Estado boliviano”. ¿Qué indica esta curiosa incongruencia? Simplemente ratifica que la condición geopolítica esencial de Bolivia no contempla una condición marítima, sino que es una aspiración sobreviniente, un eslabón tardío en su proceso de cambios que, con razón o sin ella, busca satisfacer.

* Abogado, Doctor en Derecho Público, Graduado del Curso Superior de Seguridad Nacional, Miembro de la Academia de Historia Militar, Director de la H. Junta de Administración de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, Chile. ftbalart@mi.cl